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Rocío Gómez | Desde pequeña tengo un pánico irracional a esos diminutos animalitos que corretean por el cuero cabelludo, producen insoportables y continuos picores y ponen huevos que se agarran como lapas al pelo. Imagino que no necesitan más datos para desenmascarar a los protagonistas de este artículo,  los insufribles “pipis”, versión edulcorada y más apta para el público infantil de los piojos de toda la vida.  
Ese miedo que les comentaba tiene su historia. Una “piojá” invadió mi cabeza un verano en Matalascañas y  me tuvo sentada en una silla durante varios días, con mi madre a un lado y mi madrina al otro, expurgando y dándole al uña con uña. Durante esos días tuve que guardar cuarentena, mientras mi hermano y primos disfrutaban de lo lindo en “los cerros”, las dunas y corrales, de detrás de nuestra casa. Aquella experiencia en la época de los anuncios Filvit me dejaría marcada para toda la vida, aunque no sería la única vez que me iba a tocar soportar a los amigos “pipis”.

La pesadilla volvió el año pasado, cuando mi hijo entró en el cole. Desde entonces cada poco tiempo un SMS aterrador entra en mi móvil: “Se han detectado piojos en algunos alumnos. Rogamos tomen las medidas oportunas”. Leer ese mensaje y empezar a picarme la cabeza es casi un acto reflejo. Comienza el calvario piojil.

Hasta hace unos días Fernando, mi pequeño, y  yo, habíamos escapado a la amabilidad de estos encantadores colonizadores de cabezas, pero claro, tanto piojo rulando por ahí, al final acabaron llegando a nuestras vidas …

Cualquiera que haya tenido en su cabeza tan incordiantes moradores seguro que se reconoce en algunas de estas reacciones: ataque de histeria, visita a la farmacia en busca del kit completo matapiojos, repaso obsesivo de prendas y ropas de cama, un sinfín de lavadoras y tratamiento capilar de combate (a base de lociones y champús), cepillado con liendrera,  y por último, la fuerza de choque dirigida por mi amiga Rocío.  Qué paliza, por favor.

Después de la batalla, con un poco más de calma, me meto en “san Google” para saber más de mi enemigo. Leo que este problema es tan común como la gripe, de hecho en 4 de cada 10 hogares españoles con niños en edad escolar han entrado los piojos alguna vez, según un estudio de este mismo año de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP) y el Centro de Información de la Pediculosis.  También descubro que, pese a los nuevos potingues y la obsesiva higiene con que tratamos  a nuestros niños y niñas, los piojos no tienen la intención de desaparecer.

Hay muchas leyendas urbanas sobre la pediculosis -afección cutánea producida por la infestación por piojos-, que sin embargo se quedan en eso, leyendas. Los expertos aseguran que la infestación de piojos nada tiene que ver con la condición social, el nivel socioeconómico o educativo ni los hábitos de vida. Por el contrario, nuestros pequeños amigos sienten una especial predilección por las cabezas limpias, sean de niños o mayores.

Para combatirlos, las voces especialistas que encuentro en la red, y por qué no decirlo, el sentido común, aconsejan comunicar la infección.  Hay que advertir al colegio, al círculo familiar y de amigos, para que tomen precauciones y estén atentos a los posibles síntomas. Nunca hay que estigmatizar ni aislar a los afectados, tampoco sentir vergüenza ni tenerles miedo (lo que me pasa a mí). Muy al contrario, hay que actuar con calma, ser metódicos y efectivos para lograr su completo exterminio.

En esas hemos andado en casa el último fin de semana de noviembre, con un zafarrancho anti piojos que me ha dejado exhausta y que comparto con vosotros para sacar y despedir de una vez mis miedos, y también para concienciar sobre algo fundamental, es necesario informar de que tenemos o hemos tenido piojos para levantar la alerta de quienes nos rodean. También escribo estas líneas para agradecer a mi amiga Rocío su ayuda, que como ya le he dicho, espero no tener que pagar con la misma moneda…

Piiiiiiiiiiiiiiiiii, piiiiiiiiiiiiiii, sí, han escuchado bien, es el sonido de la liendrera electrónica (muy recomendable). Es que entre párrafo y párrafo, también he aprovechado para sacarme de la cabeza a los últimos inquilinos. 


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